Algún día llegará la noche es la primera exposición individual de Erik Tlaseca en México, misma que marca una década de explora- ción de un yo en constante movimiento: sexualidad, nacionalidad, clase, tradiciones culturales y rasgos identitarios que considera híbridos, no fijos y en perpetua negociación. Esta investigación se entrelaza con su exploración del cuerpo como medio: un recipiente que cambia de forma, portador de microhistorias en transformación activa.
La exposición reúne obras desde 2015 hasta el presente e incluye esculturas, máscaras, trajes de cuerpo entero y dibujos en tinta caligráfica que, en diversas iteraciones, implican el uso o la referencia a la hoja de palma tejida, una tradición artesanal indígena cargada de peso histórico. El compromiso de Tlaseca con el medio se inspiró en la referencia histórica de los “petateados” o cadáveres envueltos en petates tejidos en palma, una conexión que profundizó al conocer a las artesanas de la comunidad de San Pedro Jocotipac, Oaxaca, con quienes colabora desde hace una década.
La primera serie en la que se manifiesta su concepto del cuerpo como “carne” o conducto, es Aquella ruina negra, expuesta aquí. Se presenta un grupo de esculturas hechas con huesos de vaca envueltas en hilos de fibra de palma a forma de talismanes. Junto a ellas, máscaras tejidas durante este periodo: algunas “ciegas”, con ojos sellados y orejas y narices estilizadas, mientras que otras tienen hojas de palma que evocan un vello facial difuso y excéntrico. Estas obras emanan un encanto lúdico y seductor por igual, al tiempo que reflejan la fascinación permanente de Tlaseca por el juego, los disfraces, las máscaras, el drag y el papel de la fantasía, temas generales que resuenan en toda la exposición. Para él, la “segunda piel”, manifestada en los materiales actuales, actúa como una provocación que desafía y potencialmente desestabiliza la propia noción del origen.
Su exploración inicial con la hoja de palma también marcó el inicio de su relación con los artesanos Juana Mendoza y Juan García, y se han sumado Juana López Vásquez, Maximina Diego Rodríguez y Cecilio Vásquez Vásquez. Este vínculo ha evolucionado y se ha convertido en una colaboración que entrelaza sus saberes y les lleva a coexperimentar con nuevas formas y materiales. Durante una década de confianza mutua y aprendizaje recíproco, esta dinámica ha dado lugar a cuatro nuevas obras de la serie de máscaras Xipe, elaboradas con cuero teñido, zigzagueando entre el negro y el marrón, el azul oscuro y claro, y el blanco hueso e inclusive una con piel de venado. De manera meticulosa, Tlaseca cortó y cosió a mano cada pedazo de piel para que, después, las artesanas tejie- ran con gran habilidad. El follaje largo y desordenado ocultan la identidad de quien las porta y evocan una sensación inquietante de sensualidad, un punto intermedio entre lo chamánico y lo BDSM.
A partir de este punto, se desarrolla un vínculo profundo con la figura de Xipe Totec que se traduce en una serie de trajes de cuerpo completo tejidos con hoja de palma, serie cuyo título da nombre a esta exposición ––una frase tomada de Talpa (1950) de Juan Rulfo.–– La conexión de Tlaseca con Xipe Totec se debe al poder simbólico de transformación de esta figura, una deidad prehispánica cuyo nombre se traduce como “dueño de la piel” y de quien se decía que vestía la piel desollada de las víctimas de sacrificios. Xipe Totec encarna la regeneración, la renovación de los ciclos y sirve de guía entre la vida y la muerte al resonar de forma profunda con la exploración de Tlaseca sobre la identidad como algo fracturado y fluido que existe dentro de temporalidades cambiantes.
Estos tres trajes, todos de 2019, transitan del entrelazado apretado al deshilachado suelto, de lo semiformal a lo crudo y desatado. Su dinamismo y performatividad conectan con la nueva serie de dibujos a tinta que representan cuerpos en movimiento desenredándose, retorciéndose y transformándose con vitalidad exuberante.
Esta exposición marca un momento crucial en la práctica de Tlaseca tras su residencia de casi dos años en la Rijksakademie de Ámsterdam, una institución conocida por fomentar una comunidad internacional de artistas. Este periodo de distanciamiento de su lugar de origen ha hecho migrar de nuevo su posicionalidad y le ha permitido desarrollar nuevos lenguajes visuales. A menudo, los marcadores de identidad se imponen desde lejos, algo que obliga a renegociar su significado. El rechazo persistente de Tlaseca a la fijeza, evidente a lo largo de su década de exploración y presente en su nueva obra, lleva esta resistencia a nuevos terrenos.
Texto de Jovanna Venegas