Basoteve en la galería LLANO: la danza abandona el escenario para expandirse hacia el objeto, la imagen y el espacio expositivo. Lo que aquí se presenta —fotografías, video y una silla de montar diseñada específicamente para la obra— no es un registro de una coreografía pasada, sino una prolongación material de una investigación artística sobre el cuerpo, la memoria y la masculinidad.
El origen de la pieza se encuentra en un recuerdo seminal de la infancia de Diego Vega Solorza. Crecido entre Los Mochis y Basoteve, un pequeño poblado del estado de Sinaloa, donde apenas había un puñado de casas, Diego de niño pasaba jornadas en el rancho del abuelo, donde los caballos ocupaban un lugar central en la construcción de la identidad masculina. Montar era una prueba de valor; una demostración de pertenencia a un mundo de hombres. Pero para Diego la silla de montar se convirtió también en el escenario de uno de sus primeros descubrimientos corporales y afectivos, una experiencia íntima que entraba en conflicto con las expectativas que lo rodeaban. Mientras otros niños eran alentados a encarnar la figura del vaquero valiente que había pasado horas bajo el sol, él encontraba en esa misma silla sensaciones distintas: placer, curiosidad, vulnerabilidad y una forma de habitar el cuerpo que escapaba a los códigos de la masculinidad sinaloense.
A partir de esa memoria surge la pregunta central de Basoteve: ¿de qué manera los objetos, los espacios y las costumbres mold- ean nuestros cuerpos masculinos? ¿Cómo aprendemos a comportarnos, a movernos y a desear dentro de estructuras que parecen naturales pero que, en realidad, son construcciones culturales? La silla de montar se convierte aquí en una suerte de dispositivo coreográfico. Diseñada para ordenar el cuerpo de una determinada manera, es también el eje físico y simbólico de la obra. A su alre- dedor se articulan movimientos, tensiones y relaciones que revelan tanto el poder de las normas como la posibilidad de desviarse de ellas.
Los vaqueros que habitan la coreografía de Basoteve no son retratos documentales. Son figuras deliberadamente exageradas, cercanas a la caricatura, al drag. Representan una masculinidad profundamente arraigada en el imaginario del norte de México: el hombre del campo, del caballo y del trabajo físico. Sin embargo, la obra introduce fisuras en ese modelo. Lo que parece una afirmación de fuerza termina revelando fragilidad; lo que aparenta ser una imagen de poder deja entrever deseo, ambigüedad y erotismo.
Al final, Basoteve plantea una pregunta sencilla y radical: ¿para qué sirve el arte? El propio artista desconfía de las respuestas grandilocuentes. No cree que el arte vaya a salvar al mundo. Pero sabe que, en su caso, le permitió escapar de un entorno marcado por la pobreza, la violencia y la exclusión. Si una obra puede ofrecer un espacio para imaginar otras formas de existir, para detenerse un momento y mirar de otra manera, acaso eso sea suficiente. Quizá el arte no tenga que salvar a la humanidad. Quizá baste con que, alguna vez, haya salvado una vida: la del propio artista.
Texto de Guillermo Osorno