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VENTRILOQUÍA EN LA ANTESALA DEL FUTURO

Private: Cristian Franco.

Recuerdo haber usado este tipo de cuadernos: profesional con espiral, italiano de pasta dura, francés de cuadrícula chica. En alguno de ellos debí haber escrito un reporte de lectura acerca de aquel “mundo antiguo”, aquel “extraño país llamado pasado”, en el que alguna vez un puñado de chilanguillos prepubescentes escenificara distantes batallas sectarias en el patio de la escuela a la hora del recreo. Pero los cuadernos escolares que sirven de base para esta exposición, a diferencia de la novela de José Emilio Pacheco, recuperan un panorama emocional mucho más árido, atroz y sórdido. Aquí, los infantes han dado el paso a la adolescencia hace ya un buen rato, y las batallas no refieren a recónditos lugares lejos del territorio nacional, sino al cotidiano de la frontera norte. Alejado de la nostalgia y la añoranza con las que Pacheco describiera aquellas “nuevas formas de consumo” que traerían consigo el progreso y la felicidad, Cristian Franco (Tecate, MX _ 1980) trabaja desde la resaca de un sueño en descomposición donde el progreso nunca germinó y la propaganda gubernamental, junto con su patético intento de fraternidad, es desenmascarada por la corrosión del día a día… post data: ¡Viva la familia!

—¡Le rayaron sus cuadernos!— así decían en mi escuela cuando alguien se entrometía en la vida personal de otra persona, dejando al paso una estela de afectos mancillados. El rayadero en muchas ocasiones no era sólo metafórico. A veces alguien encontraba su cuaderno intervenido por las “creaciones” de algún hitlercillo de poca monta. Los trazos sobre el papel irremediablemente terminarían en el basurero, pero dejarían tras de sí un rastro indeleble en el espíritu de la víctima. Esa intervención, calada a flor de piel, inscrita como tatuaje carcelario en el subconsciente, es también un punto de encuentro. Hay en esos trazos, gestos burdos y soeces, una suerte de intimidad que va echando raíces. Una intimidad novicia e inmadura, una y mil veces tachoneada, enmendada, y vuelta a estropear, pero ante todo compartida. Quizás haya una amistad que sea como un basurero compartido. Un vertedero al aire libre donde los límites de la hermandad sean re-dibujados diariamente y los sobrantes del abuso sedimenten lentamente una relación en la que se reconozcan mutuamente los sobrevivientes de la hecatombe hormonal. ¿Es acaso esto una torcida suerte de educación emocional? Procesos y sistemas afectivos que suceden en el margen de un cuaderno, al margen del aprendizaje institucional.

Aquí está también el memorable púgil panameño Roberto “Manos de Piedra” Durán, cuya demoledora pegada socavaba a los oponentes, particularmente cuando el campeón trabajaba las zonas blandas con rápidos intercambios en la corta distancia. Durán poseía una letal combinación de juego de piernas y agilidad evasiva que aprovechaba al máximo para sorprender a quien se le pusiera enfrente. La presencia del “Manos de Piedra” en este espacio no es coincidencia. Los suyo, aquí no es metáfora, es analogía. Su férrea pegada e implacable ataque eran sólo equiparables a su tozudez y resistencia. Era todo un fajador que aprendió a esquivar los golpes para plantar quirúrgicamente los suyos a placer… las manos de piedra.

Las batallas en el ring o en el imaginado desierto del patio escolar empequeñecen ante las más cruentas y también las más cotidianas de las batallas; aquellas que se libran en la densidad de esa jungla de afectos llamada pubertad. Batallas ancladas en los amarres de la cultura popular: de los “Tesoros del saber” de Walt Disney, a las fantasías animadas, pasando por las portadas de los eternos cuadernos de pasta dura marca Scribe, la bestialidad disfrazada de inmadurez se abre camino y las fieras infantes tienen hambre… un hambre caníbal.

Interpreto la obra reunida en esta exposición como un ejercicio de espeleología afectiva de bolsillo. No hay en realidad una ciencia exacta en esta excavación, pero sí una metodología. Con sangre fría Cristian Franco indaga en las cavernosas fosas de la amistad, en lo profundo del desasosiego adolescente, y en la eterna inmadurez social, brutal e invasiva, que parece nunca madurará.

¿Reír o llorar, arrancar la hoja y arrojarla a la basura? Quemarla de ser posible, hacerla desaparecer a toda costa. Darle vuelta a la página y continuar con la vida. ¿Quién sería lo suficientemente necrófilo como para conservar esas aberraciones? ¿En qué cabeza cabe hacerlas públicas, 25 años después?

Texto: Eduardo Thomas

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